Un día en el cañón del Colca, entre la majestuosidad de los cóndores, la cercanía de las alpacas y la inesperada compañía de Pascalito...

Todo empezó en el cielo, sobre el cañón del Colca, en la región de Arequipa. Salimos temprano para ver los cóndores, con la esperanza de distinguir algunos a lo lejos. Pero la naturaleza nos regaló mucho más. En un par de horas vimos treinta: a veces de cerca, a veces más arriba, siempre con esa misma sensación de majestuosidad, independencia y libertad. Durante largos minutos giraron sobre nosotros, sostenidos por las corrientes, trazando en el cielo trayectorias tan fluidas que por momentos parecían irreales. Los mirábamos casi en silencio, con una especie de asombro difícil de explicar, como si el paisaje entero se hubiera ordenado alrededor de ellos.
Después de ese primer encuentro empezó la bajada al fondo del cañón. La idea de la caminata era simple: caminar entre seis y siete horas hasta llegar a un hostal remoto, el único de la zona, junto a unas termas y un río. Nada más salir del pueblo, al comienzo del sendero, un perro empezó a acompañarnos. Más tarde decidimos llamarlo Pascalito.
Un poco más adelante nos encontramos con unas alpacas. Era la primera vez que las veíamos tan de cerca en Perú. Nos acercamos con curiosidad. Mi amiga extendió la mano para tocarlas, con ese impulso tan simple que aparece cuando un animal parece tranquilo, tierno, casi familiar. Pero una alpaca le escupió, causandonos sorpresa e incluso risa. Seguimos caminando con esa imagen en la cabeza, algo divertidos y también un poco puestos en nuestro lugar, aunque todavía sin sacar todas las conclusiones.
Durante casi toda la bajada, Pascalito siguió con nosotros. Pero faltando solo tres kilómetros para llegar al final del sendero, se detuvo junto a un puente, atraído por el agua del río. Y ahí lo perdimos de vista.
Terminamos la caminata, llegamos al hostal y disfrutamos de la vista, de las termas, del río y, más tarde, del inicio de la puesta de sol. Pero ya nos tocaba regresar. Después de tantas horas caminando, estábamos demasiado cansados para volver a subir a pie, así que decidimos regresar en camioneta.
Y fue en el camino de vuelta cuando el día cambió de tono.
Volvimos a ver a un perro al borde del camino, sin estar del todo seguros de que fuera el mismo. Yo no le presté demasiada atención. Mi amiga, en cambio, supo enseguida que era Pascalito. Intentó hacer que el conductor se detuviera, pero no la oyó a tiempo. La camioneta siguió avanzando. Y Pascalito empezó a correr detrás de nosotros.
En ese momento pensé que era una escena cotidiana: un perro corriendo detrás de un vehículo, como se ve tantas veces. Pero mi amiga lo vivió de otra manera. Se enfadó, y yo no entendí enseguida por qué. Para mí, en ese instante, Pascalito todavía podía quizá arreglárselas solo. Fue en la noche, cuando estaba más tranquila, cuando nos lo explicó mejor. Pascalito había hecho el mismo esfuerzo que nosotros. Nos había seguido durante horas por el cañón. Probablemente no había comido. Allí no había pueblo, ni presencia humana evidente, menos una salida sencilla.
Pascalito no era un animal salvaje que viviera en su propio entorno, libre de seguir sus reglas. Era un animal domesticado, acostumbrado al ser humano y, por eso mismo, dependiente de él de una manera que yo no había entendido en ese momento. Cuando lo vi correr detrás de la camioneta, pensé que estaba viendo una escena común. Pero fue más: un animal que seguía intentando acompañarnos mientras nosotros lo dejábamos atrás.


Aquel día tuve tres encuentros muy distintos con el mundo animal.
Primero los cóndores. Animales que admiramos precisamente porque permanecen fuera de nuestro alcance. Con ellos, la distancia no le quita nada al encuentro; forma parte de él. Su majestuosidad, su independencia y su libertad invitan casi por sí solas a mantener la distancia. Los miras, te asombras, y eso basta.
Luego las alpacas. Animales que creemos más cercanos, más accesibles, casi disponibles. Ahí empieza la ambigüedad. Porque podemos acercarnos, incluso intentar tocar. Porque parecen relajadas, imaginamos que el contacto va a ser bien recibido. Pero el escupitajo que sobre todo nos hizo reír; fue también una llamada al orden.
Y después estaba Pascalito. Con él, la cuestión cambia otra vez. Ya no estamos ante un animal salvaje que admiramos de lejos, ni ante un animal al que nos acercamos con cierta ambigüedad, sino ante un animal domesticado y, por tanto, vuelto dependiente del ser humano. Decimos “cóndores”, “alpacas”, pero él se convierte en Pascalito. En cuanto le das un nombre, se vuelve mucho más difícil fingir que no tiene nada que ver contigo.
Esa es, al menos, la lección que me dejó ese día en el cañón del Colca: tres encuentros, tres formas de acercarse al mundo animal y tres maneras muy distintas de entender lo que significa estar frente a él: admirar, respetar y asumir que también nos toca cuidar.

