Un lugar que maravilla, y también nos recuerda por qué necesita ser protegido.

En la profundidad de la selva Amazónica

El sol aún se esconde cuando subo mi mochila y mi cuerpo todavía dormido a la minivan. Así empieza una aventura que he esperado por más tiempo de lo que puedo recordar: El Amazonas. Un destino que siempre estuvo cerca pero se sintió lejos. Tal vez por el largo trayecto de carreteras accidentadas y caudalosos ríos que parecen poner a prueba, la posibilidad de llegar. Y, aun así, vale cada dificultad. Un lugar que maravilla, y también nos recuerda por qué necesita ser protegido.

Cuando despierto, el paisaje cambió. El sol ha salido y un pintoresco pueblo nos recibe con desayuno. Es sencillo, pero suficiente para empezar el ascenso por curvas y vegetación espesa hasta nuestra primera parada: el bosque nuboso. Bajamos del vehículo y caminamos detrás del guía, en silencio, con los binoculares listos y la atención a cualquier movimiento. Poco a poco el entorno cambia: el ruido de los motores desaparece y lo reemplazan los cantos de las aves. Vemos un águila lejana, un búho despeinado y el famoso gallito de las rocas. El cual había visto tantas veces en fotos, pero verlo ahí, en naranja vivo, era incomparable. Terminamos la excursión con un almuerzo allí mismo, rodeados de naturaleza. Al llegar al primer alojamiento, la oscuridad no es impedimento para explorar sus alrededores donde encontramos ranas coloridas, insectos curiosos y esa sensación de que incluso en la noche, la selva sigue viva.

En la profundidad de la selva Amazónica – photo 3

Al día siguiente hicimos una parada en un mercado por provisiones y una pequeña reserva privada. Había colibris de distintos tamaños, buitres blancos a lo lejos y árboles que el guía iba nombrando mientras recorríamos las señaladas rutas. Finalmente llegamos al puerto: la entrada a la zona protegida. Donde nos despedimos del chofer y, de alguna manera, también de la humanidad por un par de noches. Un cartel bastó para que me recorriera la adrenalina: cuidado, zona de tránsito de indígenas en aislamiento. Ahí lo sentí. Estaba entrando al Amazonas.

La barca se adentra a las corrientes intensas. Aunque el barquero conocía el río a la perfección, el movimiento, los obstáculos y la inmensidad del paisaje mantenían el miedo a caerse constantemente. Solo se interrumpió un instante cuando una capibara apareció a lo lejos, nos observó y volvió a perderse en la espesura. Después de casi dos horas rezando por nuestras vidas, llegamos por fin a nuestro hogar de las siguientes noches. Un conjunto de cabañas pequeñas rodeado de frondosa vegetación y el envolvente sonido de las aves.

Tras dejar las mochilas y descansar un momento, emprendimos una caminata. El objetivo: pasar la noche en lo más profundo de la selva Amazónica. Una plataforma escondida por la maleza y frente a un pequeño pozo de agua donde el avistamiento de animales nocturnos es prometedor. Llegamos con los últimos restos de luz. Instalamos bolsas de dormir, mosquiteros y linternas, y esperamos. La noche transcurrió en calma hasta que, en algún momento de la madrugada, algo empezó a moverse entre los arbustos. Un tapir avanzó hacia el pozo con tranquilidad. Desperté al resto del grupo con el mayor sigilo posible y todos lo observamos en silencio, en su estado más puro. Caminaba entre el barro y, de vez en cuando, levantaba la mirada como si supiera que lo estábamos observando. Se quedó el tiempo suficiente para que pudiéramos apreciar cada detalle antes de volver a internarse en la selva profunda.

A la mañana siguiente regresamos a la cabaña principal para desayunar y recorrer otros senderos. Caminando entre alto árboles observamos ruidosos guacamayos y juguetones monos hasta un río que continuó el camino sin nosotros. Más tarde subimos a una torre de observación tan alta como los árboles. Desde allí, mientras el sol empezaba a caer, aparecieron tantas aves que una podía quedarse horas mirando sin cansarse. La última caminata fue nocturna. Encontramos pequeños roedores de ojos enormes, serpientes, y el mismo río de la mañana transformado por completo: en la oscuridad, decenas de puntos brillantes flotaban sobre el agua. Eran ojos de caimanes, de todos los tamaños. De regreso, una huella fresca detuvo al grupo: un jaguar había pasado por esos mismos caminos no mucho antes. Una parte de mí quiso buscarlo, pero el guía con mejor juicio, nos explicó porque no es recomendable no perturbar sus actividades. Después de todo, los encuentros no se fuerzan, solo suceden naturalmente.

En la profundidad de la selva Amazónica – photo 2

Con el amanecer del último día, tocó despedirse de nuestro pequeño paraíso. Y empezar el largo retorno a la humanidad y cotidianidad. El caudaloso río y los golpes del agua se sentía aún peor que la primera vez. En el puerto el chofer nos esperaba con una sonrisa, listo para la larga carretera. Hicimos solo una última parada en las montañas nebulosas para almorzar y una corta exploración a una cascada. Llegada la noche, llegamos también a la ciudad y nos despedimos del increíble equipo y la experiencia.

La oscuridad es la misma con la que empecé esta aventura días atrás. Y todo parece igual a como estaba cuando me fui. Pero no lo es. El viaje que había imaginado durante tanto tiempo se volvió real, y fue tan hermoso como soñé. No solo por los animales vistos en libertad, ni por la majestuosidad del paisaje, ni por la adrenalina del camino. También por la manera en que me hizo reflexionar. El Amazonas no es solo un destino hermoso. Es un territorio vivo, complejo, indomable. Uno de esos lugares que existen más allá de nosotros, y que por eso mismo resultan tan valiosos. Por eso no basta con apreciarlo, también es importante protegerlo.